Tánatos, compañero de viaje

Para comprender el sentido de la vida, de acuerdo a los filósofos, es necesario tener conciencia de la propia muerte. Si fundamento mi percepción en esto, deberé decir que estoy muy vivo, por lo tanto muy cerca de la muerte. Y esta realidad la asumo sin aspavientos ni exageraciones. Simplemente es una realidad indesprendible de mí mismo.

En Occidente tenemos una visión de la muerte que es heredera de los mitos y miedos judeo-cristianos y que, tristemente, oscurece la naturalidad del proceso. Somos más de ver el dedo que nos señala la luna, pero esto, es un hábito muy, muy humano.

El paso por la vida, especialmente de aquellos que amamos, nos arranca sensaciones diversas cuando se acerca la separación. Y no sé si esto es conveniete para nuestro crecimiento. Digo esto en el caso de rebelarnos contra esa realidad, o si no nos rebelamos, no aceptamos el flujo natural de las cosas. Es una resistencia activa disfrazada de pasividad corrosiva, con el consabido desgaste que nos produce.

Lo más deprimente de toda esta historia, es que las respuestas de los sistemas religiosos occidentales son paupérrimas ante la insondable realidad de las ausencias. Y no lo digo por mí, que hace rato deje esos malos hábitos, sino por quienes cifran sus esperanzas en ello. Esta es una verdada más cruel, si se quiere, que la propia muerte. La ausencia de esperanza en sistemas religiosos que si en vida no ofrecen respuestas del resto es mejor ni hablar.

Por lo tanto, me ceñiré a vivir cada día como el último y el único. En la certeza absoluta de que el tiempo sigue siendo un fantasma y que la vida es un tango que cada quien baila como le apetece. Por lo pronto, bailo con mi compañero de viaje de toda la vida: mi muerte.

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