Respiro

Respiro,
y el dolor se esparce cual perfume.
Me inunda,
anegando mis alveolos indefensos,
inconscientes
de esta
avalancha ridícula y absurda.

Respiro,
y me mato entre gases arteriales
robando oxígeno a los sueños
que quedan acurrucados bajo un triste hematocrito.

¿Respiro?,
será mi conciencia alterada,
anestesia-alergena-fugaz
o una guerra bioquímica de esperas
que liberan –finalmente– neuronas moribundas.

Lo intento,
no hay eléctrico llamar en mis dendritas
desplazadas por mis crónicas palabras.

Lo dejo,
he firmado un testamento –por si acaso–
de no hacer reescritura extraordinaria.

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