La Madre

Aquel día amaneció como cualquier otro. Él no estaba en su cama, ya no le extrañaban sus ausencias. Para ella nada, o casi nada tenía importancia. El ritmo de la casa, simple, la consumí­a. O tal vez ella consumí­a el día, la casa, la vida con su ritmo.

Los del pueblo aparecieron a media mañana. Lo encontraron tirado en el camino. Muerto.

Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo, frágil hoja de acero bruñida en el dolor de no ser. El niño la miró, ella lo notó, y como siempre: calló. Las palabras habrían traicionado aquel momento. Silencio de complicidad, de culpabilidad, de libertad.

Al cementerio, -dijeron los del pueblo. Los pecadores como él no se llevan a la iglesia, dios no los quiere. ¿Deberían querelo ellos? y esto, ¿serí­a contradecir a dios?, daba igual. Ni el uno ni el otro contaban ya. Solo ella y el ángel-demonio que quedaba, fruto de la entrega irrealizada, del sueño inalcanzado; del lecho jamás calentado a pesar de haber dormido mil veces en aquella cama con mil hombres diferentes en uno solo, el que buscó inútilmente en aquel que solo fue penumbra y silencio: ausencia hasta de lo que nunca tuvo…

Pegado a su costado el niño miraba la tierra caer lentamente en su cara, sus manos, su cuerpo. Inexpresivos, sus ojos escrutaban la frialdad de aquel cuerpo inerte, que aún así­ parecía ejercer cierto poder sobre ellos. Ella comenzó a volar entonces, agradeciendo a la noche de la vida la negación del amanecer a los hombres de su vida. Recordó el vuelo de su casa paterna, que no fue mas que cambiar de tiempo, de jaula, de sueños.

Poco a poco cayeron las hojas de su piel y el atardecer empezó a notarse en sus ojos, y dí­a a día, el rayo rojo del carmí­n anidaba en su agrietada sonrisa perfumada de anhelos. Esperaba al redentor de sus miradas en el tronco bajo la ceiba frente a la casa. Así­, perdida en el horizonte, esperando, atardeció su corazón y llegó la noche.

De un manuscrito del 19 de noviembre de 1994, revisión de 2004

Remuevo las sombras

Remuevo las sombras
húmedas
de los recuerdos
durmientes en mi piel.
El cascabel de tu mirada
no se escucha tras tus pasos;
soplo de sueños
que despertaron una noche a mediodí­a.
Medianoche de silencios
que han roto la calma de mis huesos.

¿Por qué no les dejaste dormir
y les llevaste al viaje estéril de tus poros?

13 de noviembre de 1994

Hoy he vuelto

Hoy he vuelto.
Aún me extraño,
como siempre me he buscado inutilmente
y al instante he conocido
que la sombra de este poro inaccesible
he sin duda recorrido.

Cuánto fuego en la montaña.

26 de junio de 1998

La pregunta en mí echó raí­ces

La pregunta en mí echó raí­ces
rompiendo mis cerrojos dolorosamente.

¿Dónde?
¿dónde iré con esta herida dolorosa?
¿en qué calle podré gritar tu nombre como un conjuro?
No existe sosiego para este sueño sin comienzo,
no hay descanso para esta piel envejecida.
Sin embargo,
la tormenta se adivina en tus ventanas
y mis cabellos ya comienzan a saltar.
¡No tengo paraguas!
¡Mójame entonces!
Empapa el fuego de estos huesos
y libera esta lengua inacabada
cautiva entre tus manos.

No me cuentes tu historia de mañana.
¡Hoy!
¡Hoy es cuando vivo!
llámame después.

08 de mayo de 1996

Roca de sal

Al lugar donde has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar…

Eso decí­a un blues de Sabina que cantaba Miguel Ríos allá por los noventa, y que inmortalizaba esa idea que años después pude ver con claridad.

Es obvio, ya no estoy en ese lugar donde fui feliz. No es que no lo sea ahora, sino, que la memoria (esa verduga) nos disfraza el pasado con una gran cantidad de detalles enternecedores (a veces, lo reconozco) que en ocasiones logra tentarnos y hacernos extrañar el pasado. ¡¡¡Pero ojo!!! Que es una trampa. Podremos volver a un lugar que amamos y donde hemos vivimos cosas hermosas; podremos ver a las personas que compartieron esos momentos y esa alegría; podremos soñar con experimentar de nuevo aquellas emociones que nos estremecieron hasta lo más profundo. Pero no podremos volver realmente. Por una simple razón: nada es igual. Los sitios, las personas, los recuerdos, las sensaciones. Nada es igual y no lo será. Podrá ser diferente, parecido o mejor, pero no igual.

En este contexto trato de usar el pasado como catapulta que me lance a vivir con intensidad el presente, y que me permita discernir aquello que deseo hacer con fuerza y pasión…y me sumerjo en la locura de mi realización. Eso sí­, en 24 horas. Porque no tengo más que eso. Claro, cuando esas 24 horas se me acaben, ya tendré otras nuevas para seguir…o no…pero la historia es así­…la vida es así­, de riesgo, alegrí­a y pasión desbordada.

Todo esto me conduce a cerrar con otra canción que cantaba Miguel Rí­os: Todo a Pulmón; escrita por Alejandro Lerner sirve de icono con el que conjuro a mis amigos al final de cada concierto. Sí­, los conjuro a vivir y a arriesgarse, a asumir la lucha de dejarnos ser felices a nosotros mismos sin sabotearnos la historia…(que eso lo sabemos hacer bien)…como decí­a: arriesgarse a ser feliz, hoy, en estas 24 horas…Hey!!!! y sin mirar para atrás, que no querrás convertirte en una roca de sal, ¿verdad?