…el Mediterráneo…

Es verdad, lo reconozco….acabo de regresar de unas minivacaciones (de hecho regresé hace una semana, pero el trabajo me ha tenido más enredado de la cuenta)…como decía, unas “minivacaciones” me fui a bordear el Mediterráneo desde Málaga hasta Almería; itinerario muy recomendable, sobre todo si llevan autocarabana (motorhome) como hicimos nosotros.

El Mediterráneo es indescriptible. Tenía razón la niña de la historia de Milagros Camejo y Francisco Pifano cuando dijo que “el mar parece un camino”…en ese camino nos perdimos y la experiencia fue extraordinaria. Sobre todo ir por el sector menos invadido por el turismo y un poco más “normal”, ya saben. Bueno, sigo con la historia y la nostalgia del mar…

La mirada

Este texto forma un díptico con La Madre y como tal deben ser leídos. Primero La Mirada y luego La Madre

Una vez más lo miraba a los ojos, como atravezándolo, intentando descubrir lo que escondía detrás de aquella masa etílica. El sabía que lo miraba, podía sentirlo en todos sus poros a pesar de la borrachera. Olía mi odio, mi repudio. Creo que me temía. Conozco bien esas sensaciones; las descubrí una madrugada cuando llegó derrumbándolo todo, rompiéndolo todo, gritando a la mujer -mi madre, insultándola. Esa historia continuó como un ritual grotesco, casi macabro.

Sin voltear me dijo que no le mirara así, que ya me lo había advertido, que mejor le hiciera caso si no quería encontrarle. Cuánto miedo a unos ojos de niño, o de diablo. No le presté atención, sabía que no haría nada, no tenía valor. La mujer me miró suplicante. Entonces salí. Desde afuera le oí gritarle que era la responsable de tener un hijo loco, que parecía más un animal que otra cosa. Y tenía razón: era otra cosa. Lo oí golpearla, maldecirla y luego salir dando un portazo, apurado por no encontrarme. Cosa inútil porque estaba esperándole. Me miró por un momento, bajó la mirada y siguió sin decir palabra. Lo desconocido produce tanto temor. Y yo, era simplemente inhóspito para él.

Aquella noche como tantas otras se emborrachó, ya no le era posible escapar. Había llegado al fondo y eso tiene una única salida sin regresos ni despertares de pesadillas…

Ya en mi cama desperté a la media noche. No tenía reloj, pero sabia que era medianoche. La luna llena se colaba en mi ventana. Comprendí entonces que mi Madre-Lunar me llamaba y en su blanco hechizo me perdí. Volé a través de la ventana y vi la pequeña casa desde lo alto. Qué simple se veía. Mi madre sumida en lo profundo, escapando. La escuchaba gardar silencio , quería estar estar olculta, soportando su encierro morbosamente. Pobre ave en cautiverio, jamás darías una cría libre. Los de tu raza son de una libertad cortante.

En el medio del bosque vi entonces una llamarada. Volé hasta allí y me detuve a unos cuantos metros de altura. Entonces lo vi. Era él -mi padre, o aquel que me engendró. En el medio de un círculo de fuego rojo, corría de un lado a otro intentando en vano salir. Del corazón de la llama roja surgieron unos hombres-pájaros rojos-negros. Ocho en total, vestían de rojo-negro y usaban unas máscaras de colores, como en Yare*. Los sonidos del bosque se acentuaron. Descubrí entonces como un baile de tambor que surgía del roce de las ramas unas contra otras. Todo el bosque entonaba esa danza casi demoníaca. El viento parecía cantar al oscuro son y mi cabello volaba incontrolable. Uno a uno le rodearon bailando a su alrededor. Se reían, gritaban, alzaban sus manos como invicando a algún dios. De un momento a otro se hizo un silencio impenetrable, tan profundo que me dolían los oídos. Fue entonces cuando una negra llamarada gigante se alzó en el medio del círculo. Duró sólo un segundo.

Todo desapareció. El baile, los hombres-pájaros, las llamas, mi padre.

Me desperté sobresaltado y bañado en un sudor frío. Miré hacia el bosque y sólo pude ver la luna bañando las sombras de la noche. Volví a dormir.

A la mañana siguiente llegó la noticia de su muerte.

*La fiesta de los Diablos de Yare -población de la zona central de Venezuela, se caracteriza por el uso de grandes máscaras de colores con forma de diablos.

Escrito a finales de 1994 y revisado en 2004.

Ahora me ves…ahora no me ves

Hoy me vuelto a encontrar con una situación donde las máscaras que nos ponemos para escodernos o disfrazarnos, han hecho presencia. No se trataba de mi caso particular, mas sí­ de un amigo muy querido. Y me ha hecho pensar…mucho, debo reconocerlo.

Al “re-conocer” el mecanismo que usaba mi amigo, me pregunté si lograba hacerlo por “conocerlo” en primera persona. Y la respuesta es obvia: “pues claro”. Soy un maestro en el uso de las máscaras. En el fondo (y no tan en el fondo también) todos lo somos. Y creo que el problema no es que tengamos la tendencia de protegernos al usar máscaras, sino el saber, por qué tenemos que usarlas. ¿Será por no conocernos?, ¿nos atrevernos a ser nosostros mismos?, ¿por complacer a los otros en un falso entendiento de la aceptación y la tolerancia?, ¿por no creer en nosostros?, ¿no saber tan siquiera que somos una persona integral con todas sus caracterí­stcas buenas y no tan buenas, y con derecho y obligación de ser feliz?…creo que un poco de todo lo anterior.

Si tenemos la fuerza y valentí­a para preguntarnos por qué usamos máscaras, y más valentí­a para respondernos será de mucho provecho. Aunque a veces no sepamos qué hacer con ello. Lo importante es ver que una máscara no nos hace libres, por lo tanto, si vemos algo que no somos nosotros, ¿por qué seguir dejándonos a oscuras? Indudablemente, será mejor dejar que como a los buenos jamones dejarnos dar el aire y orearnos un poco.

Mientras menos máscaras y carga llevemos encima, más ligeros y preparados estaremos para vivir en libertad de nosostros mismos. Así no será necesario aparecer y desaparecer tipo hechizada, que la nariz no está pa’ tanto y urge darnos la oportunidad de ser felices y dejar de atentar contra nuestra propia alegrí­a.

La Madre

Aquel día amaneció como cualquier otro. Él no estaba en su cama, ya no le extrañaban sus ausencias. Para ella nada, o casi nada tenía importancia. El ritmo de la casa, simple, la consumí­a. O tal vez ella consumí­a el día, la casa, la vida con su ritmo.

Los del pueblo aparecieron a media mañana. Lo encontraron tirado en el camino. Muerto.

Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo, frágil hoja de acero bruñida en el dolor de no ser. El niño la miró, ella lo notó, y como siempre: calló. Las palabras habrían traicionado aquel momento. Silencio de complicidad, de culpabilidad, de libertad.

Al cementerio, -dijeron los del pueblo. Los pecadores como él no se llevan a la iglesia, dios no los quiere. ¿Deberían querelo ellos? y esto, ¿serí­a contradecir a dios?, daba igual. Ni el uno ni el otro contaban ya. Solo ella y el ángel-demonio que quedaba, fruto de la entrega irrealizada, del sueño inalcanzado; del lecho jamás calentado a pesar de haber dormido mil veces en aquella cama con mil hombres diferentes en uno solo, el que buscó inútilmente en aquel que solo fue penumbra y silencio: ausencia hasta de lo que nunca tuvo…

Pegado a su costado el niño miraba la tierra caer lentamente en su cara, sus manos, su cuerpo. Inexpresivos, sus ojos escrutaban la frialdad de aquel cuerpo inerte, que aún así­ parecía ejercer cierto poder sobre ellos. Ella comenzó a volar entonces, agradeciendo a la noche de la vida la negación del amanecer a los hombres de su vida. Recordó el vuelo de su casa paterna, que no fue mas que cambiar de tiempo, de jaula, de sueños.

Poco a poco cayeron las hojas de su piel y el atardecer empezó a notarse en sus ojos, y dí­a a día, el rayo rojo del carmí­n anidaba en su agrietada sonrisa perfumada de anhelos. Esperaba al redentor de sus miradas en el tronco bajo la ceiba frente a la casa. Así­, perdida en el horizonte, esperando, atardeció su corazón y llegó la noche.

De un manuscrito del 19 de noviembre de 1994, revisión de 2004

Remuevo las sombras

Remuevo las sombras
húmedas
de los recuerdos
durmientes en mi piel.
El cascabel de tu mirada
no se escucha tras tus pasos;
soplo de sueños
que despertaron una noche a mediodí­a.
Medianoche de silencios
que han roto la calma de mis huesos.

¿Por qué no les dejaste dormir
y les llevaste al viaje estéril de tus poros?

13 de noviembre de 1994