43 campanas siguen doblando por nosotros

Citar a Done y a Hemingway en el título de esta entrada no es casual ni fashion, todo lo contrario.

Decir que las campanas ancestrales que nos conectan con toda la humanidad resuenan insistentemente es quedarse corto ante algunos acontecimientos recientes en los que como civilización –si es que se puede usar ese término– hemos vivido.

Ver en las noticias de cada día la barbarie, el salvajismo, el odio, la avaricia y la insensibilidad que parecen sacadas de una mala película post-apocalíptica es un recordatorio de hasta dónde somos capaces de llegar infringiendo daño y, lo que es peor, soportándolo.

Denunciar la podredumbre muestra de cada día es parte de la labor a la que estamos llamados. Las letras no son útiles sólo para el esparcimiento. También deben serlo para la denuncia, el compromiso y la manifestación pública de aquello que nos degrada.

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Silencio

Sin darme cuenta ha pasado casi un año desde que publiqué la última entrada aquí. A pesar de que nunca he sido un publicador frenético en la web, esta vez creo que ha sido particularmente largo el tiempo de silencio. No me sorprende. Creo que los períodos de silencio son naturales y necesarios. En mi caso, la cosa es habitual. Muchas personas se sorprenderán al leer esto pues tendemos a confundir nuestro yo público con el privado y  yo tengo un gran abismo entre ambos.

Pessoa decía que «todos tenemos un traje» pero que una vez desnudos, «a solas estamos tan solos».

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Después de Pessoa la única posibilidad es el silencio.

Fotografía de Bogdan Seredyak bajo licencia CopyLeft disponible en https://flic.kr/p/8EcX7T

 

centrar re-centrar

Hace poco hablaba con mi amiga Juliana y para explicar una idea tuve que echar mano de un ejemplo algo curioso: el equilibrio químico. En versión para mortales: este equilibrio es el balance y estabilidad alcanzada varios elementos en un proceso químico. La clave: se mantiene estable. Y claro, si miramos las palabras equilibrio y estabilidad, nos daremos cuenta de que es en la química donde estas palabras tienen sentido, o como dirían los lingüistas en definición por oposición: es en la vida diaria donde no aparecen frecuentemente 🙂

La cosa es que le contaba a Juliana de cómo mi vida es como un proceso químico que en algunos momentos alcanza un “aparente” esquilibrio. Sin embargo, rápidamente los componentes de este proceso químico-vital vuelven a cambiar con la necesidad de encontrar de nuevo su punto de equilibrio a través de una serie de reacciones. El ejemplo me resulta útil porque descubrí que con frecuencia desarrollo un gran apego hacia un determinado punto de equilibrio, entiendo que a veces cuesta llegar a dicho punto, pero este apego es completamente inútil cuando estamos en proceso de reajuste de la mezcla químico-vital. Los escenario posibles para el innecesario apego son dos: 1) nuestro proceso está en pleno cambio con lo cual la velocidad de reacción está determinada por un montón de condicionantes, catalizadores, etc; 2) La reacción se ha acabado y la mezcla es estable. La pregunta es: ¿tiene sentido luchar por un punto de equilibrio para una mezcla previa cuando nuestro proceso químico-vital es diferente? Definitivamente, no. Es allí donde me he descubierto gastando energían innecesarias para “cambiar” las cosas en lugar de aceptar e integrar los cambios que tenía frente a mí.  Digamos, para resumir, que la lucha por mantener nuestros viejos puntos de equilibrios o centros vitales, son una definición perfecta de sufrimiento.

So, let it go.

Fotografía de Phawr bajo licencia CopyLeft disponible en https://flic.kr/p/bvGAcX

El autobús de las 23:30 Sevilla-Lisboa

Llegué a la calle Betis a eso de las 21:30. Estaban reunidos en un bar de tapas con unas cervezas por delante. Esperaban la comida y hablamban animadamente. Eran unos seis. Me senté con ellos entre los que estaba Zé, mi amigo. Luego de las presentaciones y las preguntas iniciales empezamos a hablar. Bueno, ¿hablar en qué idioma? Estábamos repartidos entre Bulgaría, Estados Unidos, Venezuela-España (mi caso) y fundamentalmente Portugal. No le dimos aviso a nadie, no hicimos ninguna llamada, pero al final, la delegación portuguesa que vino al WordCamp Europe 2015, conquistó el bar; aunque parezca mentira, hablamos inglés, español y portugués. Este encuentro luso-europeo fue previo a la fiesta de cierre de WordCamp Europe donde nos tomamos unas copas y hablamos de todo lo habido y por haber. Mi plan original era volver a casa en el autobús de las 23:30. Iluso de mí, el único autobús que pasó fue uno rumbo a Lisboa donde tengo muchos amores y poderosas razones para volver siempre y sobrevivir la saudade como bien se pueda. No es fácil tener una marca tan profunda y que la vida te lleve por otros caminos. En fin, ya en la fiesta hablamos, hablamos y hablamos. Y eché mucho en falta tener más soltura con el portugués, una lengua que quiero con especial afecto. Dentro de la conversación, la sorpresa de mi comprensión de la lengua portuguesa y el obligadom comentario a la relación de Venezuela, país donde nací, con Portugal. Es fantástico ver cómo la gran diversidad cultural que me brindó el trópico venezolano sigue regalándome elementos extraordinariamente valiosos en la vida. Sí, estamos muy cerca. Hablamos de la panadería y de la repostería. Ay, el pan, el pan, el pan!!! Jajaja.

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Ser contrario

«Si alguna vez te mueres ahogado, te buscaré en la naciente del río, no en la desembocadura».

Estas conocedoras palabras de mi madre han cobrado especial relevancia en esta mañana de domingo cuando hablaba con mi amiga Modesta sobre la «contrariedad de ser poeta». Esta contrariedad a la que me refiero no tiene nada que ver con un problema específico o una dificultad concreta, no. Hablo de la contrariedad vital, de la vocación de vivir la poesía en un mundo que vive y mira en otra dirección. La naturaleza del poeta le obliga a tener otras visiones, otras direcciones, todas ellas reunidas en una sola: la contraria. Hemos de ser contrarios en el pensar, el hablar, el vivir. No en balde al manejar la palabra lo hacemos de otra manera, con contrariedad. Sí, alevosa y necesariamente contrarios.

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