Ser contrario

«Si alguna vez te mueres ahogado, te buscaré en la naciente del río, no en la desembocadura».

Estas conocedoras palabras de mi madre han cobrado especial relevancia en esta mañana de domingo cuando hablaba con mi amiga Modesta sobre la «contrariedad de ser poeta». Esta contrariedad a la que me refiero no tiene nada que ver con un problema específico o una dificultad concreta, no. Hablo de la contrariedad vital, de la vocación de vivir la poesía en un mundo que vive y mira en otra dirección. La naturaleza del poeta le obliga a tener otras visiones, otras direcciones, todas ellas reunidas en una sola: la contraria. Hemos de ser contrarios en el pensar, el hablar, el vivir. No en balde al manejar la palabra lo hacemos de otra manera, con contrariedad. Sí, alevosa y necesariamente contrarios.

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A las vueltas

Hace mucho, mucho tiempo que no escribo en el blog. Y no es que no tenga ganas. Las ganas siempre están allí. Tampoco es por falta de motivos. Esos, obviamente, están por todas partes. Basta con mirar el entorno con cierta atención, ver la gente en el tren o leer la prensa. En general, sobran cosas sobre las que escribir pero a veces uno se pregunta si sirve de algo. Al final siempre me digo que sí, que ha de servir de algo (esta creo que es una de las pocas ingenuidades que me quedan). Esto lo digo pensando en los textos que me han acompañado en la vida y que me han servido de mucho. Textos de grandes o pequeños autores y de algunos casi ignorados escritores. Ha de servir de algo entonces. Al menos esta es la esperanza: que la escritura no sea un proceso solitario, sino el germen de la conversación, del encuentro y de la confrontación; de decir algo y sospechar el impacto anhelando la respuesta aunque nunca la conozcamos.

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“Yo estoy con los muchachos” / En la calle está la libertad

Hace algunos días, mi querida amiga y escritora, Gennys Pérez publicó un breve texto a propósito de los jóvenes venezolanos en este último mes de reivindicaciones y lucha por la libertad. He aquí sus extraordinarias palabras llenas de esa energía tropical indestructible e innegociable.

Yo estoy con los muchachos, miro cantidades de fotos, ellos, los muchachos, su furia, su ira, su inconformidad, su rabia, ¿y por qué no?, su poquito de odio, su gramo de violencia. No son santos, ni rezanderos, ni civilistas, ni poetas. Son eso, muchachos. No están hechos de razones, sino de corazones, sus ojos encendidos de tanto humo verde, la piedra en la mano, la china estirada y calculada, la botella de cerveza hecha de trapo y gasolina, de trapo y querosene, botellita ingenua que escupe fuego contra balas. Igual, estoy con los muchachos. Con esa carajita que no pasa los 20 y le hace una gran puñeta a la tanqueta, con esa que abraza al Guardia tratando de ablandarlo para que no le dispare, con ese que le pinta una paloma con brazo tatuado de guerrero, como si la grosería derrumbara la escopeta, con la que saca el violín y toca el himno nacional, como si la Guardia la fuera a entender. Yo estoy con los muchachos, equivocados o no, con su megáfono y su resistencia, su guarimba y su desobediencia, con los que se escapan de las madres, que ya no pueden atarlos a las casas, los muchachos que hicieron de la calle su campo de defensa. Con los muchachos que se empecinan en despertar un país dormido que solo se lamenta, un país verbo, país paz de la fea, de la sumisa, de la conferencia. Yo estoy con los muchachos, olvidé para qué sirve el verbo, les llevo agua, trapos y vinagre. Los muchachos que me recuerdan que aún no estoy muerta, que este país es mío, que este país nos merece. Estoy con los muchachos, equivocados o no. Estoy con los muchachos que lloran en la noche calladitos, que se soban los moretones y entierran a sus muertos. Estoy con los muchachos, inocentes, ingenuos, luchadores, soñadores, quizá porque tuve 20, quizá por vergüenza de dejarlos solos, no sé, por irresponsable, por mi pequeña cuota de odio, porque creo en las conquistas, no en las regalías, porque soy como ellos, un poco tonta, otro bravía, o simplemente porque no me da la gana de dejarle mi país a las hienas. Estoy con los muchachos, con sus rostros cenizas, sus manos heridas, sus rodillas peladas, con su afonía, con su cansancio, con su duelo, con su llanto, con su frustración, con su impotencia, con cada piedra, en cada noche, en cada día de esta gran revuelta.

Gennys Pérez
https://www.facebook.com/gennysjperez

Allende los mares

Este es un post muy personal. Anuncio hecho —que no advertencia.

El pasado 4 de junio nos dejó físicamente Ramón Quiroz, conocido profesor universitario venezolano, católico comprometido y –lo más importante– extraordinario ser humano y mi «otro padre».  Su ausencia nos deja un poco más «huérfanos» y en mi caso concreto, mucho más solo de alguna manera. Mi historia con Ramón, Gloria y las chicas comienza hace unos 25 años tejida a través de la música, la alegría del encuentro y de una generosidad indescriptible de parte de esta familia que me abrió sus puertas. Estos antecedentes explican por qué Ramón era conocido en España como mi «padre adoptivo». Esa adopción siempre fue extraña de explicar y, al mismo tiempo, muy divertida. Tengo siete hermanos biológicos (seis chicos y una chica), pero cinco hermanas adoptivas, esto quiere decir que en mi universo familiar soy una bisagra sumamente afortunada. Ramón me contó de la complicación de explicar por qué su «hijo» estaba en Europa cuando le preguntaban por todos los «suyos» en la celebración de las Bodas de Oro con mamá Gloria. Allí todos saben que «solo» tenía cinco hijas y lo miraban con cara de asombro al escucharle. Nos reímos un montón por teléfono mientras me lo contaba. También le contaba mis propias experiencias al tener que contar mi parte de esa historia en tierras españolas.
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