Oigo las voces

Oigo las voces.
El alboroto y el calor
inundan mis ojos ausentes.
Más,
el recuerdo de tu boca
abre en dos el aire que me puebla.
Entonces, un rumor de fresca mar
y luminoso mediodía
me rescata silencioso;
la algarabía se transforma
en un torrente de deseo
-que ahora sí consume e incinera-
ingobernable de tu piel,
señora enterna de mis poros,
malvivientes sin tus manos
que me ciñen,
me lanzan a volar.

Es allí donde la mar es mar,
y el universo es tu vientre
en el que amanezco anegado
en tu perfume.

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