Ofelia en la bañera

Hoy me he despertado sumamente sobresaltado. Todo se debió a una llamada que recibí temprano, muy temprano…demasiado temprano. !Es la quinta vez en la semana que mi madre se encuentra muerta en algún lugar de la casa¡ Juro que esto ya no tiene gracia. En principio lo tomamos como una de esas jugarretas de la imaginación y no le dimos mayor importancia. Pero cuando empezó a hablarnos del seguro funerario y de arreglar las cosas para el entierro, la cosa cambió de color. Una cosa es encontrarse muerto, eso lo acepto, a cualquiera le puede pasar por descuido o por cualquier cosa, pero otra muy distinta es hacerlo cinco veces seguidas. Eso ya no es morirse normalmente, es una manía compulsiva de egolatría mortuoria. Y como si no tuviéramos suficiente con los egos de la familia, pues a la madre le ha dado por morirse como quien hace churros: a cántaros. Y para eso, no hay paraguas que valga.

A media mañana conseguimos calmarla un poco. Se quedó más o menos convencida de la que la incineración es más recomendable que el entierro, sobre todo bajo la óptica de la estética actual (menos mal que su hijo es artisto porque si no) y con la idea escatológica de la muerte tipo Fénix se fue a arreglar el jardín. Y allí me quedé yo, mirándola mientras salía canturreando de lo más tranquila. Hay que ver lo que es la inocencia de la propia muerte. Si yo no supiera que hace tiempo que se murió de verdad, estaría preocupado. Es que no hay nada más complicado que un muerto despistado. Pero lo peor es que esta mañana me pareció que el corazón se me paró durante una media hora. De hecho, creo que no volvió a latir, pero eso no importa. Así, mientras me bañaba, recordaba la imagen de Ofelia flotando en el río, un poco como yo en ese momento, o mi madre cuando se encontró en la bañera, ahogada de olvido y sueños, ida del todo. Ofelia, muerta en la bañera.

— Imagen: Ophelia de John Everet Millais. Tate Britain, Londres.

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