La montaña

Rulfo, de pocas palabras, junto a Julio Garmendia conforma uno de mis mayores tesoros: la herencia. De alguna manera sus mundos habitan en mi memoria y mis mundos son posibles gracias a sus sueños a destiempo y contratiempos. Juan Rulfo, ha llenado mi universo de tan pocas palabras que sus historias de silencio me habitan inconmensurables. Como breve homenaje —no podría ser de manera larga—, os dejo un texto conectado con esos mundos de los que hablo.  


La montaña

Lupe miraba la secadora dar vueltas abstraída por el ritmo y el ruido de la lavandería. Carmen, aburrida, miraba una revista vieja a su lado. Era uno de esos días calurosos donde el asfalto dejaba escapar esa nube infernal que desdibujaba todo en la distancia. Más allá de la ciudad, dominando todo el valle, estaba la montaña. La avenida Libertad, en su camino, se perdía en la distancia en línea recta hacia el monte. Allí, coronado de nieve, era dueño de todo el paisaje.

Lupe salió a la puerta y recostada en la jamba derecha miraba hacia el oeste, en dirección a la montaña. Fumaba un cigarro al que daba lentas y pausadas caladas.

—¿Qué miras Lupe?— preguntó Carmela, dejando la revista en una mesilla vieja de barniz desconchado y llena de mensajes de antiguos lavanderos.

—Nada,como siempre. No hay nada que mirar—contestó.

Pero no era cierto.

Lupe quería mirar al horizonte, más allá. Pero la montaña, peso infinito del paisaje, estaba en el camino de sus ojos.

Sonó el timbre de la máquina.

—Tendré que moverla—dijo al lanzar la colilla al suelo y volver por la ropa.


Foto de Kevin Dooley bajo licencia CC disponible en https://flic.kr/p/r32Ez8

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