La mirada

Este texto forma un díptico con La Madre y como tal deben ser leídos. Primero La Mirada y luego La Madre

Una vez más lo miraba a los ojos, como atravezándolo, intentando descubrir lo que escondía detrás de aquella masa etílica. El sabía que lo miraba, podía sentirlo en todos sus poros a pesar de la borrachera. Olía mi odio, mi repudio. Creo que me temía. Conozco bien esas sensaciones; las descubrí una madrugada cuando llegó derrumbándolo todo, rompiéndolo todo, gritando a la mujer -mi madre, insultándola. Esa historia continuó como un ritual grotesco, casi macabro.

Sin voltear me dijo que no le mirara así, que ya me lo había advertido, que mejor le hiciera caso si no quería encontrarle. Cuánto miedo a unos ojos de niño, o de diablo. No le presté atención, sabía que no haría nada, no tenía valor. La mujer me miró suplicante. Entonces salí. Desde afuera le oí gritarle que era la responsable de tener un hijo loco, que parecía más un animal que otra cosa. Y tenía razón: era otra cosa. Lo oí golpearla, maldecirla y luego salir dando un portazo, apurado por no encontrarme. Cosa inútil porque estaba esperándole. Me miró por un momento, bajó la mirada y siguió sin decir palabra. Lo desconocido produce tanto temor. Y yo, era simplemente inhóspito para él.

Aquella noche como tantas otras se emborrachó, ya no le era posible escapar. Había llegado al fondo y eso tiene una única salida sin regresos ni despertares de pesadillas…

Ya en mi cama desperté a la media noche. No tenía reloj, pero sabia que era medianoche. La luna llena se colaba en mi ventana. Comprendí entonces que mi Madre-Lunar me llamaba y en su blanco hechizo me perdí. Volé a través de la ventana y vi la pequeña casa desde lo alto. Qué simple se veía. Mi madre sumida en lo profundo, escapando. La escuchaba gardar silencio , quería estar estar olculta, soportando su encierro morbosamente. Pobre ave en cautiverio, jamás darías una cría libre. Los de tu raza son de una libertad cortante.

En el medio del bosque vi entonces una llamarada. Volé hasta allí y me detuve a unos cuantos metros de altura. Entonces lo vi. Era él -mi padre, o aquel que me engendró. En el medio de un círculo de fuego rojo, corría de un lado a otro intentando en vano salir. Del corazón de la llama roja surgieron unos hombres-pájaros rojos-negros. Ocho en total, vestían de rojo-negro y usaban unas máscaras de colores, como en Yare*. Los sonidos del bosque se acentuaron. Descubrí entonces como un baile de tambor que surgía del roce de las ramas unas contra otras. Todo el bosque entonaba esa danza casi demoníaca. El viento parecía cantar al oscuro son y mi cabello volaba incontrolable. Uno a uno le rodearon bailando a su alrededor. Se reían, gritaban, alzaban sus manos como invicando a algún dios. De un momento a otro se hizo un silencio impenetrable, tan profundo que me dolían los oídos. Fue entonces cuando una negra llamarada gigante se alzó en el medio del círculo. Duró sólo un segundo.

Todo desapareció. El baile, los hombres-pájaros, las llamas, mi padre.

Me desperté sobresaltado y bañado en un sudor frío. Miré hacia el bosque y sólo pude ver la luna bañando las sombras de la noche. Volví a dormir.

A la mañana siguiente llegó la noticia de su muerte.

*La fiesta de los Diablos de Yare -población de la zona central de Venezuela, se caracteriza por el uso de grandes máscaras de colores con forma de diablos.

Escrito a finales de 1994 y revisado en 2004.

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