Leo en Ciberescrituras, de mi amiga Juliana Broesner, una reflexión francamente interesante a propósito de un artículo que publicó Carlos Nery y que tituló Faceboox como la muerte de la palabra. Los comentarios que ha suscitado son varios y yo, como buen curioso y como la cosa va de muerte, me arremango y cojo vela en el entierro.
Voy a dejar de lado teorías de la comunicación, postulados de la sociolingüística y sucedáneos por ser francamente aburridos. Eso sí, deseo mantener algunas ideas fundamentales que he destilado de tanto rodar.
Como amenaza inicial debo coincidir con mi amiga Juliana en que tampoco acepto las 250.000 invitaciones a juegos, aplicaciones extrañas, copas, besos y demás variaciones que se envían en el más puro estilo espámnico (me gusta este palabro que me acabo de inventar, igual no es original, pero me gusta). Ea, dicho queda.
En su artículo, Carlos dice lo siguiente:
Día a día uno va experimentando una nueva forma de comunicación o vinculo social, que prescinde de la palabra y apela a las mil y una formas de las aplicaciones de Facebook para comunicarle al otro algo.
Facebook se ha convertido en el reino de la palabra sustituida, por mates, corazones, test de inteligencia, invitaciones a grupos donde nunca pasa nada y todo un cotillón de recursos para decirle al otro nada, pero a su vez mostrarle que lo recuerda.
Lo anterior hace que me cuestione si no debemos ser partícipes activos de todo acto de comunicación, al menos cuando se supone interpersonal. Por otro lado, somos libres de usar un medio de comunicación específico y un código concreto. Es nuestra potestad. Comunicarse no siempre implica la utilización de signos, lingüísticos o no… dije que no hablaría en términos técnicos.
Lo voy a poner más simple y criollo: en Facebook no contesto todas las invitaciones a grupos que me llegan (tengo la precaución de mirarlos un poco antes), no acepto todas las invitaciones de aplicaciones insólitas, no acepto todos los regalitos –si es que puede llamárseles así– y nunca envío esas cosas. Digamos que mi experiencia con Facebook es un reflejo de mi vida diaria en la que –si tengo la suerte y el privilegio– puedo escoger con quién, de qué y cómo hablar de algo en concreto.
Las redes sociales no deben confundirse con nuestro entorno social, son solo un elemento más que nos brinda herramientas muy poderosas en el establecimiento y desarrollo de dicho contexto social. En cualquier caso, la experiencia en este tipo de sistemas estará siempre bajo nuestra responsabilidad. Por lo tanto, es inútil plantear que Facebook o cualquier aplicación orientada a su uso social cumpla nuestro papel. Ya debe ser momento de ser responsables de nosotros mismo y eso incluye – aunque nos duela– el reconocer que si la palabra muere en nuestra percepción del entorno social –digital o no–, es porque simplemente ya no estamos vivos.
Leo en El País la entrevista de Rosana Torres a Darío Fo titulada "Hay que reírse de uno mismo y comprender que nos manipulan" y piendo: "Ole tus güevos Darío!!!!!!!"
Definitivamente yo le he hecho algo muy, muy malo al dios griego del fin de semana. Vamos que debo ser peor que Pandora y la caja. Una no puede estar tranquila en el fin de semana, ver la tele, leer algo entretenido o salir a tomarse un café sin llevarse estos disgustos. Que una ya no está pa’ tanto ¿Por qué digo esto?, pues es muy simple. *

