estamos rodeados

Surround Sound Deluxe

Foto de Jens Lumm con licencia Copyleft

Lápiz, papel, parada de autobús, mis zapatos preferidos, el frasco de mi perfume, mi cepillo de dientes, ese libro que siempre llevo en la cabeza, aquella camiseta, mi ordenador, el billete del metro, la matrícula de la universidad, mi documento de identidad, mi escuela, mi bici, mi tele, la taza del café de todas las mañanas, la persiana de mi estudio, mi libreta de apuntes, mi cama… mi casa…

Por difícil que parezca todos estos elementos tienen un factor común… ¿qué puede ser?, ¿nada?

Es sencillo: han sido diseñados por alguien.

Como el viejo refrán que dice que “lo último que ve el pez es el agua“, estamos envueltos permanentemente en diseño. Sí, nuestra vida es le mejor ejemplo de un perfecto museo viviente de diseño.

Es posible que en ningún otro momento histórico se tuviera una conciencia y cultura de diseño tan amplia, variada e importante como ahora. Sin embargo, es muy desconcertante constatar que en múltiples ocasiones vivimos de espaldas al diseño. Y no hablo sólo de diseño gráfico, industrial, de moda o de interiores. Hablo también del diseño de procesos, de instituciones e incluso de nuestro pensamiento que se va adaptando, más por cansancio que por voluntad, a estructuras desordenadas, caóticas, desorientadas y sin concierto alguno. Desconcierto que incluye cosas como el formulario más simple, la parada de autobús con aquel banco incómodo, ese texto incomprensible o hasta un trámite administrativo absurdo. Nuestro mundo disfruta y sufre el diseño en la presencia y en la urgente necesidad del mismo.

Las personas que nos relacionamos con el diseño a veces podemos parecer muy exigentes con nuestro entorno, pero lo único que nos mueve es la idea de poner algo de orden al caos que nos envuelve y dar sentido a lo que vemos y a lo que los otros ven y verán.

Me obligo a recordar entonces, como un mantra, que todo, todo lo que nos rodea es fruto de un proceso de diseño.

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