El Tren

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Las luces desaparecían fugaces a través de la ventana, la noche parecía engullirlas en su oscuridad. El tren avanzaba ligero, como si conociera los sentimientos que la desbordaban silenciosamente. En unos asientos cercanos, algunos jóvenes hacían más ruido del que deseaba escuchar. Se diría que venían de algún festival o de una de esas fiestas que duran hasta el amanecer. Una ironía, pensó. Solo tenía veinticinco años y ya se planteaba esa extraña distancia con los jóvenes. Sin quererlo se deslizaba a la real mayoría de edad y no le gustaba mucho la idea.

A pesar del ruido de los chicos y del leve dolor de cabeza pudo recordar la sensación de libertad que la invadió al sentarse en el vagón. Ni el mejor anuncio de tarjetas de crédito igualaría aquel momento. Ese instante verdaderamente no tenía precio.

El teléfono la sacó de sus pensamientos. Era él. Ya habrá notado que no estoy, pensó. No solo que no estoy yo, sino que no queda nada, nada mío en el apartamento.

Había sacado todo lo que consideraba suyo de aquel sitio estéril. Lo único que no pudo llevar consigo fue el tiempo perdido y aquel unicornio de Sonia que tanto le gustaba. El teléfono volvió a sonar. Lo miró con escepticismo hasta que dejó de sonar. Decidió apagarlo y justo cuando iba a hacerlo recibió un mensaje de texto. Se sobresaltó por la vibración y se rió de sí misma. Qué tonta, se dijo. Sabía que el mensaje era suyo. Después de pensarlo por un momento lo abrió como quien abre un sobre-bomba. ¿Dónde estás? Era lo único que decía.

¿Después de siete años es lo único que se te ocurre preguntar?, pensó.

–Lejos, lejos de ti, gilipollas, dijo en voz alta.

Los chicos del tren callaron y la miraron extrañados, mientras Adalia apagaba el teléfono.

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