El dios ausente o el templo vacío

Hace algunos días estuve en un concierto coral de música renacentista. Y la verdad es que disfruté el hecho de recordar todos los años y experiencias de haber cantado obras silimares. Incluso con el Cuarteto Du Pré, fue conmovedor, no lo niego. El concierto fue en una iglesia católica, y –aunque muchas personas que leerán esto se sorprenderán– a pesar de mi clara resistencia a entrar en estos templos se hizo patente, no me impidió sentarme casi en al última fila para disfrutar del concierto.

Lo curioso del asunto fue que aquel edificio y todo su contenido no me dijeron nada, absolutamente nada. En otros días de mi vida habría disfrutado de estar allí con las imágenes, la bóveda, toda esa suerte de solemnidad que a veces se percibe y, en otros días, habría estado incómodo por el uso de imágenes, la exageración barroca del espacio, el estiramiento, etc. En fin, que aquello no me dijo nada. Y comprendí que era lógico. El templo sigue igual, cumpliendo su función para quien necesite de ella y siendo mudo para quien no use su lenguaje.

Sin embargo, lo que me dejó la sensación de total vacío y absoluta ausencia, fue el ver, como tantas veces, que el amor que debe definir a la iglesia de dios –si es que este existiese dentro de ese concepto– tampoco hizo acto de presencia. Lo bueno, es que esta realidad contundente ya no me produjo dolor como en otras ocasiones. No, solo una extraña sensación de ver toda aquella acritud al servicicio de otros derroteros y de sentirme profundamente libre de no participar en ese tipo de discurso.

Deja un comentario