Caras

Una vez más me miro al espejo y no sé qué decirme. Creo que ya me estoy acostumbrando a este vacío de no tener la palabra adecuada al verme cada día. Seco mis manos y abro el armario como siempre, y como cada día, no sé cuál cara ponerme. De tanto usarlas las tengo un poco desgastadas. Lo más impresionante es que aún consiguen ese efecto increíble de la primera vez, es como si consiguieran convencerme –y convencerlos– de que son reales.

¡Cariño! –llamo a mi pareja–, ¿has visto mi cara de hombre bueno? Tengo que cerrar un trato en la oficina y me hace falta. Pero no me escuchó. Se había puesto su cara sorda esa mañana.

Deja un comentario