Allende los mares

Este es un post muy personal. Anuncio hecho —que no advertencia.

El pasado 4 de junio nos dejó físicamente Ramón Quiroz, conocido profesor universitario venezolano, católico comprometido y –lo más importante– extraordinario ser humano y mi «otro padre».  Su ausencia nos deja un poco más «huérfanos» y en mi caso concreto, mucho más solo de alguna manera. Mi historia con Ramón, Gloria y las chicas comienza hace unos 25 años tejida a través de la música, la alegría del encuentro y de una generosidad indescriptible de parte de esta familia que me abrió sus puertas. Estos antecedentes explican por qué Ramón era conocido en España como mi «padre adoptivo». Esa adopción siempre fue extraña de explicar y, al mismo tiempo, muy divertida. Tengo siete hermanos biológicos (seis chicos y una chica), pero cinco hermanas adoptivas, esto quiere decir que en mi universo familiar soy una bisagra sumamente afortunada. Ramón me contó de la complicación de explicar por qué su «hijo» estaba en Europa cuando le preguntaban por todos los «suyos» en la celebración de las Bodas de Oro con mamá Gloria. Allí todos saben que «solo» tenía cinco hijas y lo miraban con cara de asombro al escucharle. Nos reímos un montón por teléfono mientras me lo contaba. También le contaba mis propias experiencias al tener que contar mi parte de esa historia en tierras españolas.

Ramón supo ver como nadie, en mi universo personal. Lo hizo desde el respeto, la visión amorosa y desde el reconocimiento de las potencialidades y defectos que identificaba en mí. No dejaré de sonreír  al recordar las palabras de mamá Gloria cuando me dijo que si me hubiera parido ella no me parecería tanto a Ramón. Momentos que iluminan la distancia atlántica que nos separa. Tengo una amiga que dice que hablo en «letra gótica» y yo pienso que si nos hubiera visto hablar a Ramón y a mí, habría entendido sin problemas que son cosas que se heredan. Ramón poseía la virtud escasísima de ser un hombre, inteligente, muy instruido y al mismo tiempo sencillo, humilde. En ese sentido es muy difícil de imitar. Mucho es lo recorrido desde El Yabito hasta el momento de su partida. Mucho lo que no ha dicho, pero ha enseñado.

Las anécdotas familiares son muchas. Hace poco hablaba con mamá Gloria y recordaba uno de mis cumpleaños, por allá en mis veintipocos. Comentábamos el episodio de la sopa de auyama —conocida como calabaza por estas tierras, pero que no es la misma especie ni sabe igual— que es una de mis perdiciones gastronómicas criollas venezolanas. Pues recuerdo cómo Ramón —¡Ramón!— se fue hasta el Mercado Terepaima, que está en el otro extremo de la ciudad, compró una auyama y él mismo la corto y troceó. La grandeza de su sencillez.

También recuerdo un evento en el Ramón y Gloria daban una charla y no sabían que yo participaría como invitado especial. La expresión de sus caras al verme logró crear una de esas fiestas íntimas que guardo para mis noches de nostalgia.

No hay suficiente té en el mundo para allanar el mar de recuerdos de aquellas tardes que compartimos en el salón y para nadie en la casa es secreto mi especial amor por Verónica y Marianne. Sí, esas particulares musas tropicales a las que una vez saqué de la cama a las ocho  de la mañana para meterlas en un estudio de grabaciones. Qué atrevida es la juventud.

Ahora, que no soy tan joven, he de reconocer en mí la gran influencia de estos padres que la vida me regaló. Y en especial a Ramón que con su sabiduría y sencillez consiguió señalarme, con gran libertad, el camino de mi desarrollo como ser humano. El exilio ha impedido que nos viéramos de nuevo, pero el corazón puede ver «allende los mares». Gracias por la generosidad y grandeza de asumir, desde la libertad más absoluta, el compromiso de amor por un hijo más, por este, tu hijo.

2 comentarios

  1. Mi queridísimo Pedro,
    A veces el no compartir tan a menudo pone a uno como en estado latente, adormecido por la distancia. Este post me hizo disfrutarte íntimamente y confirmarme que nunca estoy lejos de tí, que mi alma siempre encuentra alguna forma para ser tocada por la tuya. Me alegro por tí y por Ramón que tuvieron la dicha de adoptarse mutuamente. Esos son los regalos que la vida nos da. Ah, por cierto! Yo también me muero por una crema de auyama venezolana. Mi memoria la recuerda con trocitos de queso blanco un tanto derretidos por el calor. Más o menos así me derrito yo por tí cuando te leo y te oigo cantar, por ese calorcito tan divino que me das. Besos, amigo!

  2. Querido pedrito: acabo de leer tus hermosas líneas a toda la familia incluyendo a Gaby ;sólo faltas tú para el tecito pero sabemos que estás ahora más que nunca entre nosotros te amo mucho siempre será así un abrazo enorme

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