Llevo el sello de tu ausencia
sembrado en el centro de mi frente.
Una herida eterna
que derrama la sangre de mi alma.
La palidez de tu silencio
duerme quieta arrinconada en mi bolsillo,
y a veces,
la saco y la acaricio
como besando tus cabellos.
Escrito el 29 de enero de 1996