Comunidad tropical en Tesoro incalculable

Como consecuencia de «Yo estoy con los muchachos» de Gennys Pérez me siento en la obligación moral de dar un paso en la palabra de mi manifiesto personal con respecto a la situación que Venezuela atraviesa en estos momentos.

Mi única posibilidad de entender el mundo —o al menos de intentarlo— es a través de la palabra. Esta, mi palabra, está enraizada en lo profundo de la política. Y me refiero a la política de la Polis, no de la degradante, caduca, retrógrada y antidemocrática cultura partidista, porque de ese dolor de muelas muchas noches infinitas han desfilado por nuestras almohadas moribundas, pues como el papel aguanta todo, en él se escribe la palabra democracia y se le aporrea de la manera que mejor sabemos hacer: a lo bestia con ensañamiento, alevosía y agavillamiento.

Soy venezolano de los que le duele la patria y sus compatriotas. TODOS los compatriotas. Porque ¿«qué dedo me puedo cortar y que no me duela» en la mano de mi realidad venezolana? Todos estamos signados por la hermandad tropical, esa que nos vincula más allá del querer y no querer, del amar y del odiar, del renegar de nuestra naturaleza colectiva y social. Todos los de allá, los de ese pedazo de paraíso, de esa ventana a lo fantástico, de ese mundo imposiblemente posible, todos somos. Sí, TODOS SOMOS VENEZOLANOS. Por ello, no me gusta que me corten los dedos, pues la muerte de mis dedos no tiene color…sólo tiene sabor a madre dolorosa y a esperanza baldía en la locura fratricida de los ciegos de ignorancia y de bajeza vil. Yo quiero que las manos me nazcan como racimos del Dorado aquél. Que me crezcan los dedos como plumas de guacamayas fulgurantes y de ojos de felino en estrellas brillantes de negrura azabache en la nocturnidad caribeña. Yo soy mano, mil dedos en llamas salen de mis oídos y pueblan mi cabeza de espuma en el azul ambarino de mis arenas desparramadas por las calles…todas mis arenas, arenas de un único mar, de una única vida.

Los venezolano somos iguales en la diferencia. Aquello que nos distingue y nos caracteriza es igual con respecto al otro cuando le miramos de frente, sin cortapisas ni poses agazapadas. Desde la negritud con nocturnidad hasta la rubialidad en catire encendido pasando por el extraño puente que une llanos con andes con costas y con mares exteriores e interiores. Todo eso nos hace. Ser venezolano es sinónimo de diversidad, de mezcla, de heterogeneidad, de riqueza, de estética brutal y subyugante, de gastronomía sublime y de mundos culturales inabarcables. ¿Cómo podríamos ser iguales? Sería absurdo pretender aplanar tanta belleza. Y esa belleza sólo es posible gracias a la hermosa diferencia que nos hace únicos como pueblo, como sociedad, como comunidad tropical en tesoro incalculable.



“Yo estoy con los muchachos” / En la calle está la libertad

Hace algunos días, mi querida amiga y escritora, Gennys Pérez publicó un breve texto a propósito de los jóvenes venezolanos en este último mes de reivindicaciones y lucha por la libertad. He aquí sus extraordinarias palabras llenas de esa energía tropical indestructible e innegociable.

Yo estoy con los muchachos, miro cantidades de fotos, ellos, los muchachos, su furia, su ira, su inconformidad, su rabia, ¿y por qué no?, su poquito de odio, su gramo de violencia. No son santos, ni rezanderos, ni civilistas, ni poetas. Son eso, muchachos. No están hechos de razones, sino de corazones, sus ojos encendidos de tanto humo verde, la piedra en la mano, la china estirada y calculada, la botella de cerveza hecha de trapo y gasolina, de trapo y querosene, botellita ingenua que escupe fuego contra balas. Igual, estoy con los muchachos. Con esa carajita que no pasa los 20 y le hace una gran puñeta a la tanqueta, con esa que abraza al Guardia tratando de ablandarlo para que no le dispare, con ese que le pinta una paloma con brazo tatuado de guerrero, como si la grosería derrumbara la escopeta, con la que saca el violín y toca el himno nacional, como si la Guardia la fuera a entender. Yo estoy con los muchachos, equivocados o no, con su megáfono y su resistencia, su guarimba y su desobediencia, con los que se escapan de las madres, que ya no pueden atarlos a las casas, los muchachos que hicieron de la calle su campo de defensa. Con los muchachos que se empecinan en despertar un país dormido que solo se lamenta, un país verbo, país paz de la fea, de la sumisa, de la conferencia. Yo estoy con los muchachos, olvidé para qué sirve el verbo, les llevo agua, trapos y vinagre. Los muchachos que me recuerdan que aún no estoy muerta, que este país es mío, que este país nos merece. Estoy con los muchachos, equivocados o no. Estoy con los muchachos que lloran en la noche calladitos, que se soban los moretones y entierran a sus muertos. Estoy con los muchachos, inocentes, ingenuos, luchadores, soñadores, quizá porque tuve 20, quizá por vergüenza de dejarlos solos, no sé, por irresponsable, por mi pequeña cuota de odio, porque creo en las conquistas, no en las regalías, porque soy como ellos, un poco tonta, otro bravía, o simplemente porque no me da la gana de dejarle mi país a las hienas. Estoy con los muchachos, con sus rostros cenizas, sus manos heridas, sus rodillas peladas, con su afonía, con su cansancio, con su duelo, con su llanto, con su frustración, con su impotencia, con cada piedra, en cada noche, en cada día de esta gran revuelta.

Gennys Pérez
https://www.facebook.com/gennysjperez



El agujero y el ombligo

Esta tarde me he descubierto un agujero encima del ombligo. En principio no le di mayor importancia, pero a medida que avanzaba el día comencé a urgarlo como quien se rasca con el gusto y la alegría del descubrimeinto infantil. Descubrí que después de tanto jaleo comenzaba a desgarrarse por un lado. Paré instantáneamente. ¿Y si se rompe del todo? Me pregunté. Bien, si se rompe, ya veré qué pasa. Dije, y volví a la tarea de urgar, rasgar y abrir.

Lo que no estaba preparado para ver era que podía distinguir cosas allí dentro. Lo primero que alcanzaba a ver era algo así como la torre de un edificio bastante alto. ¿Cómo? Me dije. Estoy fatal. Después de hiperventilar un poco mientras me tapaba el ombligo con las dos manos en actitud de «esto no me puede estar pasando». Me decidí: le di un jalón y pude verlo todo con claridad. Había un mundo entero allí y la verdad es que me inquietaba eso de que lo tuviera dentro y que lo pudiera ver a través del ombligo. Intenté inclinarme más para ver con mayor claridad y en un esfuerzo monumental me doblé tanto que me caí dentro del ombligo…

Lo que debería vernir a continuación de este breve relato tendría que ser muy interesante y seguramente nos resultaría muy enriquecedor si nuestro personaje no hubiera desaparecido al plegarse sobre sí mismo y convertirse en una especie de accidente espacio-temporal del que no podemos tener constancia real de su existencia. Por lo tanto cumplo con el deber de agradecer al lector el tiempo dedicado a la lectura de este texto.



Elejía

Setenta y siete años después, Miguel Hernández resuena con la fuerza del mar y los volcanes.

Elegía a Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería).

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández en El rayo que no cesa, 1936