Un poco de silencio

Hace algunas semanas decidí reservarme y guardar un poco de silencio. Primero fue Facebook, una cuenta con muy escasa actividad que reservo para comunicarme con la familia lejana y alguna que otra persona significativa que anda por ahí en el mundo; la segunda es Twitter: es una ironía que después de haber sido un power user y de diseñar campañas de comunicación deje de usar este servicio. No se trata de que vaya a eliminar mi rastro del mundo digital. Eso es un poco complicado y ya los grandes devoradores de datos deben saber de mí más de lo necesario; obviamente, WhatsApp es un servicio que ya he cancelado. De este último he recibido un montón de correos preguntando que qué me pasaba, que por qué cancelaba la cuenta. La respuesta ha sido simple: necesito silencio. Como músico comprendo el valor del silencio y del sonido, también comprendo que cada uno de ellos tiene su tiempo.

Pareciera ser que si no tienes presencia en el mundo digital, no existes. La presencia en medios digitales y la gestión intensiva de la «marca personal» forman parte de las exigencias que se nos hacen en los tiempos que corren. Pero, ¿obedece este requerimiento a las necesidades reales de cada persona? Supongo que la respuesta será diferente para cada caso.

Este silencio que busco, no es un aislamiento, sólo se trata de un momento de pausa del jaleo y la albarabía. A veces hay que callar y pensar para poder hablar con precisión o al menos para no meter tanto la pata.

Seguiré disponible por correo y por el teléfono, aunque debo decir que dejaré de tener internet en el móvil. El correo electrónico es una herramienta asíncrona, así que lo miraré cuando sea posible y responderé de la misma manera.

Siempre nos quedarán los bares, las cervezas, las risas y los buenos ratos cara a cara ;-)

Vuelvo a mi silencio y a mi escritura. Feliz silencio.



43 campanas siguen doblando por nosotros

ayotzinapa

Citar a Done y a Hemingway en el título de esta entrada no es casual ni fashion, todo lo contrario.

Decir que las campanas ancestrales que nos conectan con toda la humanidad resuenan insistentemente es quedarse corto ante algunos acontecimientos recientes en los que como civilización –si es que se puede usar ese término– hemos vivido.

Ver en las noticias de cada día la barbarie, el salvajismo, el odio, la avaricia y la insensibilidad que parecen sacadas de una mala película post-apocalíptica es un recordatorio de hasta dónde somos capaces de llegar infringiendo daño y, lo que es peor, soportándolo.

Denunciar la podredumbre muestra de cada día es parte de la labor a la que estamos llamados. Las letras no son útiles sólo para el esparcimiento. También deben serlo para la denuncia, el compromiso y la manifestación pública de aquello que nos degrada.

Aceptar este destino de resonador para el mundo fue lo que me hizo formar parte del proyecto editorial «Cuadernos de Ayotzinapa. Ejercicios de memoria colectiva», convocado por Normando Gil y Modesta Suárez para Ombú editions en 2016. Para este proyecto escribí «El sueño», un breve cuento que reviste una intensidad emocional extraordinaria. Con este texto aprendí aquello de que «en la escritura lo mejor que puedes hacer es no estorbar a los personajes». Fue un proceso largo, no de escritura, ese fue rápido, lo largo fue la reflexión. Siendo hijo de una Venezuela que se recuperaba de la dictadura en la que conocía de primera mano la cara del poder y habiendo optado por el auto-exilio ante una nueva militarización y destrucción de las instituciones civiles con muy pocas esperanzas de futuro, conocía perfectamente de lo que era capaz la maquinaria del poder. De hecho, creo que si existe algún tipo de ADN de los países americanos es el de la costra que genera la resistencia a la opresión, resistencia entendida como un modo de vida.

Mostrar desde la literatura nuestra solidaridad por cada uno de los desaparecidos, abusados, torturados, asesinados, maltratados, sobrevividos y sobrevivientes es una responsabilidad íntima y pública que se ha concretado en «El sueño», en todas las Lupes y en todos los sueños.

Leer este texto es darle continuidad a la protesta, a la memoria y al reclamo permanente. Aquí dejo dos versiones: la primera aparecida en la edición original de Toulouse que se puede leer en línea y desde donde se puede adquirir la edición para cubrir los costos de impresión:

http://www.ombu.fr/livres/26-cuadernos-de-ayotzinapa

y la segunda, es la edición que ha hecho Luis Marcelino Gómez en la revista bilingüe «Aguas del pozo / Waters of the Well» de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. En este caso, junto al texto original aparece la versión en inglés amablemente hecha  por Vicente Chacón Carmona de la Universidad de Sevilla y editada por Andrew Scott Wike:

«El sueño / The Dream»

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Foto de Luis Manuel Madrigal bajo licencia CopyLeft – https://flic.kr/p/rn89TS



Silencio

Sin darme cuenta ha pasado casi un año desde que publiqué la última entrada aquí. A pesar de que nunca he sido un publicador frenético en la web, esta vez creo que ha sido particularmente largo el tiempo de silencio. No me sorprende. Creo que los períodos de silencio son naturales y necesarios. En mi caso, la cosa es habitual. Muchas personas se sorprenderán al leer esto pues tendemos a confundir nuestro yo público con el privado y  yo tengo un gran abismo entre ambos.

Pessoa decía que «todos tenemos un traje» pero que una vez desnudos, «a solas estamos tan solos».

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Después de Pessoa la única posibilidad es el silencio.



centrar re-centrar

Hace poco hablaba con mi amiga Juliana y para explicar una idea tuve que echar mano de un ejemplo algo curioso: el equilibrio químico. En versión para mortales: este equilibrio es el balance y estabilidad alcanzada varios elementos en un proceso químico. La clave: se mantiene estable. Y claro, si miramos las palabras equilibrio y estabilidad, nos daremos cuenta de que es en la química donde estas palabras tienen sentido, o como dirían los lingüistas en definición por oposición: es en la vida diaria donde no aparecen frecuentemente :)

La cosa es que le contaba a Juliana de cómo mi vida es como un proceso químico que en algunos momentos alcanza un “aparente” esquilibrio. Sin embargo, rápidamente los componentes de este proceso químico-vital vuelven a cambiar con la necesidad de encontrar de nuevo su punto de equilibrio a través de una serie de reacciones. El ejemplo me resulta útil porque descubrí que con frecuencia desarrollo un gran apego hacia un determinado punto de equilibrio, entiendo que a veces cuesta llegar a dicho punto, pero este apego es completamente inútil cuando estamos en proceso de reajuste de la mezcla químico-vital. Los escenario posibles para el innecesario apego son dos: 1) nuestro proceso está en pleno cambio con lo cual la velocidad de reacción está determinada por un montón de condicionantes, catalizadores, etc; 2) La reacción se ha acabado y la mezcla es estable. La pregunta es: ¿tiene sentido luchar por un punto de equilibrio para una mezcla previa cuando nuestro proceso químico-vital es diferente? Definitivamente, no. Es allí donde me he descubierto gastando energían innecesarias para “cambiar” las cosas en lugar de aceptar e integrar los cambios que tenía frente a mí.  Digamos, para resumir, que la lucha por mantener nuestros viejos puntos de equilibrios o centros vitales, son una definición perfecta de sufrimiento.

So, let it go.



El autobús de las 23:30 Sevilla-Lisboa

6:17

Llegué a la calle Betis a eso de las 21:30. Estaban reunidos en un bar de tapas con unas cervezas por delante. Esperaban la comida y hablamban animadamente. Eran unos seis. Me senté con ellos entre los que estaba Zé, mi amigo. Luego de las presentaciones y las preguntas iniciales empezamos a hablar. Bueno, ¿hablar en qué idioma? Estábamos repartidos entre Bulgaría, Estados Unidos, Venezuela-España (mi caso) y fundamentalmente Portugal. No le dimos aviso a nadie, no hicimos ninguna llamada, pero al final, la delegación portuguesa que vino al WordCamp Europe 2015, conquistó el bar; aunque parezca mentira, hablamos inglés, español y portugués. Este encuentro luso-europeo fue previo a la fiesta de cierre de WordCamp Europe donde nos tomamos unas copas y hablamos de todo lo habido y por haber. Mi plan original era volver a casa en el autobús de las 23:30. Iluso de mí, el único autobús que pasó fue uno rumbo a Lisboa donde tengo muchos amores y poderosas razones para volver siempre y sobrevivir la saudade como bien se pueda. No es fácil tener una marca tan profunda y que la vida te lleve por otros caminos. En fin, ya en la fiesta hablamos, hablamos y hablamos. Y eché mucho en falta tener más soltura con el portugués, una lengua que quiero con especial afecto. Dentro de la conversación, la sorpresa de mi comprensión de la lengua portuguesa y el obligadom comentario a la relación de Venezuela, país donde nací, con Portugal. Es fantástico ver cómo la gran diversidad cultural que me brindó el trópico venezolano sigue regalándome elementos extraordinariamente valiosos en la vida. Sí, estamos muy cerca. Hablamos de la panadería y de la repostería. Ay, el pan, el pan, el pan!!! Jajaja.

Obviamente, hablamos de todo, de web, de diseño gráfico, de traducción, de lenguas y su historia, de lingüística, de historia de Portugal y España… pero de lo que menos hablamos fue de tecnología. Hablamos de nosotros, de lo que nos une, lo que nos define, lo que nos gusta. Mi gran comentario de la noche fue cuando le dije a Zé que tengo que revisar mi lusofilia. Yo digo que es pessoiana y él insiste en que es freudiana. ¡Tener amigos pa’ esto! La cosa es que, como en otras ocasiones, acabé con los portugueses. Es que la cabra tira pal monte, y seamos honestos, ¡soy muy cabra! Es lo que pasa con la familia, porque para un venezolano, Portugal y España son dedos de una única mano. Y ya está que me pongo tierno :P

Mi plan para la noche fue claro, pillar el autobús de las 23:30 para casa, pero sólo pillé el de Lisboa hasta las 6:30 de la mañana con destino al amanecer en Sevilla con un Guadalquivir que nos abrió la luz del día (y unos pepitos geniales para desayunar, por supuesto) :D

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