El autobús de las 23:30 Sevilla-Lisboa

6:17

Llegué a la calle Betis a eso de las 21:30. Estaban reunidos en un bar de tapas con unas cervezas por delante. Esperaban la comida y hablamban animadamente. Eran unos seis. Me senté con ellos entre los que estaba Zé, mi amigo. Luego de las presentaciones y las preguntas iniciales empezamos a hablar. Bueno, ¿hablar en qué idioma? Estábamos repartidos entre Bulgaría, Estados Unidos, Venezuela-España (mi caso) y fundamentalmente Portugal. No le dimos aviso a nadie, no hicimos ninguna llamada, pero al final, la delegación portuguesa que vino al WordCamp Europe 2015, conquistó el bar; aunque parezca mentira, hablamos inglés, español y portugués. Este encuentro luso-europeo fue previo a la fiesta de cierre de WordCamp Europe donde nos tomamos unas copas y hablamos de todo lo habido y por haber. Mi plan original era volver a casa en el autobús de las 23:30. Iluso de mí, el único autobús que pasó fue uno rumbo a Lisboa donde tengo muchos amores y poderosas razones para volver siempre y sobrevivir la saudade como bien se pueda. No es fácil tener una marca tan profunda y que la vida te lleve por otros caminos. En fin, ya en la fiesta hablamos, hablamos y hablamos. Y eché mucho en falta tener más soltura con el portugués, una lengua que quiero con especial afecto. Dentro de la conversación, la sorpresa de mi comprensión de la lengua portuguesa y el obligadom comentario a la relación de Venezuela, país donde nací, con Portugal. Es fantástico ver cómo la gran diversidad cultural que me brindó el trópico venezolano sigue regalándome elementos extraordinariamente valiosos en la vida. Sí, estamos muy cerca. Hablamos de la panadería y de la repostería. Ay, el pan, el pan, el pan!!! Jajaja.

Obviamente, hablamos de todo, de web, de diseño gráfico, de traducción, de lenguas y su historia, de lingüística, de historia de Portugal y España… pero de lo que menos hablamos fue de tecnología. Hablamos de nosotros, de lo que nos une, lo que nos define, lo que nos gusta. Mi gran comentario de la noche fue cuando le dije a Zé que tengo que revisar mi lusofilia. Yo digo que es pessoiana y él insiste en que es freudiana. ¡Tener amigos pa’ esto! La cosa es que, como en otras ocasiones, acabé con los portugueses. Es que la cabra tira pal monte, y seamos honestos, ¡soy muy cabra! Es lo que pasa con la familia, porque para un venezolano, Portugal y España son dedos de una única mano. Y ya está que me pongo tierno :P

Mi plan para la noche fue claro, pillar el autobús de las 23:30 para casa, pero sólo pillé el de Lisboa hasta las 6:30 de la mañana con destino al amanecer en Sevilla con un Guadalquivir que nos abrió la luz del día (y unos pepitos geniales para desayunar, por supuesto) :D

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Ser contrario

Río Orinoco

«Si alguna vez te mueres ahogado, te buscaré en la naciente del río, no en la desembocadura».

Estas conocedoras palabras de mi madre han cobrado especial relevancia en esta mañana de domingo cuando hablaba con mi amiga Modesta sobre la «contrariedad de ser poeta». Esta contrariedad a la que me refiero no tiene nada que ver con un problema específico o una dificultad concreta, no. Hablo de la contrariedad vital, de la vocación de vivir la poesía en un mundo que vive y mira en otra dirección. La naturaleza del poeta le obliga a tener otras visiones, otras direcciones, todas ellas reunidas en una sola: la contraria. Hemos de ser contrarios en el pensar, el hablar, el vivir. No en balde al manejar la palabra lo hacemos de otra manera, con contrariedad. Sí, alevosa y necesariamente contrarios.

Hace algún tiempo, escribía un ensayo sobre lo «poético múltiple» y la relación del poeta con las posibles realidades, su interpretación de estas y su rol de intermediario con el resto del mundo. Esta intermediación sería imposible sin la contrariedad, sin esa vivencia oblicua a la que *Lezama Lima* nos convoca con tanta certeza. De la misma manera la «confluencia lezamiana» converge en el poeta y este la devuelve a su entorno una vez que la procesa por y a través de la contrariedad. De otro modo, sería ininteligible y en el peor de los casos, invisible al resto de los seres. Todo esto se condensa en la extraña capacidad del poeta de mostrar lo invisible, de contar lo inenarrable, de fluir contrariamente al río y mostrarnos cómo el mar no es más que otra ventana del manantial, sólo que más extensa.

Lo dicho, si no me encuentran, que me busquen en la naciente del río con mi ser contrario.

— Foto del Río Orinoco por hofiduciainte Kaushal bajo licencia Copyleft.



Hay una mano de sangre

carlos_diaz

Hay una mano de sangre
que endienta el futuro

que marca
que pesa
que enreda
que acosa

derriba
mancilla y golpea

que sabe a polvo de fuego

a negra boca que escupe
huesos candentes de tierra

Hay un coágulo de espera
que escurre su paso en la sombra
y araña
y quieta
y acecha!

— Foto de Carlos Díaz bajo licencia Copyleft.



A las vueltas

Hace mucho, mucho tiempo que no escribo en el blog. Y no es que no tenga ganas. Las ganas siempre están allí. Tampoco es por falta de motivos. Esos, obviamente, están por todas partes. Basta con mirar el entorno con cierta atención, ver la gente en el tren o leer la prensa. En general, sobran cosas sobre las que escribir pero a veces uno se pregunta si sirve de algo. Al final siempre me digo que sí, que ha de servir de algo (esta creo que es una de las pocas ingenuidades que me quedan). Esto lo digo pensando en los textos que me han acompañado en la vida y que me han servido de mucho. Textos de grandes o pequeños autores y de algunos casi ignorados escritores. Ha de servir de algo entonces. Al menos esta es la esperanza: que la escritura no sea un proceso solitario, sino el germen de la conversación, del encuentro y de la confrontación; de decir algo y sospechar el impacto anhelando la respuesta aunque nunca la conozcamos.

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Comunidad tropical en Tesoro incalculable

Como consecuencia de «Yo estoy con los muchachos» de Gennys Pérez me siento en la obligación moral de dar un paso en la palabra de mi manifiesto personal con respecto a la situación que Venezuela atraviesa en estos momentos.

Mi única posibilidad de entender el mundo —o al menos de intentarlo— es a través de la palabra. Esta, mi palabra, está enraizada en lo profundo de la política. Y me refiero a la política de la Polis, no de la degradante, caduca, retrógrada y antidemocrática cultura partidista, porque de ese dolor de muelas muchas noches infinitas han desfilado por nuestras almohadas moribundas, pues como el papel aguanta todo, en él se escribe la palabra democracia y se le aporrea de la manera que mejor sabemos hacer: a lo bestia con ensañamiento, alevosía y agavillamiento.

Soy venezolano de los que le duele la patria y sus compatriotas. TODOS los compatriotas. Porque ¿«qué dedo me puedo cortar y que no me duela» en la mano de mi realidad venezolana? Todos estamos signados por la hermandad tropical, esa que nos vincula más allá del querer y no querer, del amar y del odiar, del renegar de nuestra naturaleza colectiva y social. Todos los de allá, los de ese pedazo de paraíso, de esa ventana a lo fantástico, de ese mundo imposiblemente posible, todos somos. Sí, TODOS SOMOS VENEZOLANOS. Por ello, no me gusta que me corten los dedos, pues la muerte de mis dedos no tiene color…sólo tiene sabor a madre dolorosa y a esperanza baldía en la locura fratricida de los ciegos de ignorancia y de bajeza vil. Yo quiero que las manos me nazcan como racimos del Dorado aquél. Que me crezcan los dedos como plumas de guacamayas fulgurantes y de ojos de felino en estrellas brillantes de negrura azabache en la nocturnidad caribeña. Yo soy mano, mil dedos en llamas salen de mis oídos y pueblan mi cabeza de espuma en el azul ambarino de mis arenas desparramadas por las calles…todas mis arenas, arenas de un único mar, de una única vida.

Los venezolano somos iguales en la diferencia. Aquello que nos distingue y nos caracteriza es igual con respecto al otro cuando le miramos de frente, sin cortapisas ni poses agazapadas. Desde la negritud con nocturnidad hasta la rubialidad en catire encendido pasando por el extraño puente que une llanos con andes con costas y con mares exteriores e interiores. Todo eso nos hace. Ser venezolano es sinónimo de diversidad, de mezcla, de heterogeneidad, de riqueza, de estética brutal y subyugante, de gastronomía sublime y de mundos culturales inabarcables. ¿Cómo podríamos ser iguales? Sería absurdo pretender aplanar tanta belleza. Y esa belleza sólo es posible gracias a la hermosa diferencia que nos hace únicos como pueblo, como sociedad, como comunidad tropical en tesoro incalculable.