La montaña

Rulfo, de pocas palabras, junto a Julio Garmendia conforma uno de mis mayores tesoros: la herencia. De alguna manera sus mundos habitan en mi memoria y mis mundos son posibles gracias a sus sueños a destiempo y contratiempos. Juan Rulfo, ha llenado mi universo de tan pocas palabras que sus historias de silencio me habitan inconmensurables. Como breve homenaje —no podría ser de manera larga—, os dejo un texto conectado con esos mundos de los que hablo.  

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El cuerpo como flecha

¿Qué es lo más importante en el acto de escribir? La transición del pensamiento al tono de las palabras. Por eso hay que escribir al dictado del pensamiento. La manera de escribir, decía Ralph Waldo Emerson, es lanzar el propio cuerpo contra el blanco cuando ya agotaste tus fechas.

Victoria de Stefano.
Diarios 1988-1989.  La insubordinación de los márgenes.
Caracas: El Estilete, 2016. p. 13. 


Foto de Erik Forsberg bajo licencia Creative Commons disponible en https://flic.kr/p/zqLTV

50 vidas por libro (banda lectora)

Como ese momento en el que pasamos una página en blaco. Sí, así ha sido este tiempo sin escribir. Ahora con nuevo diseño, más años, más cosas. En fin, más vida vivida, que al fin de cuentas —y como decía mi abuela Olga— es lo que importa.

Tal como sucede en la música, los silencios son importantes en muchas áreas de la vida. Estos marcan ritmos, contrastes y dinámicas diversas que, en muchos casos, nos definen o completan. Esta entrada, sin embargo, no trata de los silencios, sino del contraste que estos marcan. Contretamente, en los libros. Sí, los libros que han llenado esta ruta de medio siglo de vida.

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43 campanas siguen doblando por nosotros

Citar a Done y a Hemingway en el título de esta entrada no es casual ni fashion, todo lo contrario.

Decir que las campanas ancestrales que nos conectan con toda la humanidad resuenan insistentemente es quedarse corto ante algunos acontecimientos recientes en los que como civilización –si es que se puede usar ese término– hemos vivido.

Ver en las noticias de cada día la barbarie, el salvajismo, el odio, la avaricia y la insensibilidad que parecen sacadas de una mala película post-apocalíptica es un recordatorio de hasta dónde somos capaces de llegar infringiendo daño y, lo que es peor, soportándolo.

Denunciar la podredumbre muestra de cada día es parte de la labor a la que estamos llamados. Las letras no son útiles sólo para el esparcimiento. También deben serlo para la denuncia, el compromiso y la manifestación pública de aquello que nos degrada.

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